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Una marea de cobardes inunda Malandar

Poradmin

Mar 22, 2015

Hizo un día de perros, pero el tiempo nos dio una tregua para acercarnos hasta la Sala Malandar a escuchar al Capitán Cobarde que al grito de «¡Sevilla!» subía a un escenario repleto de instrumentos para regalarnos historias de blues cantando a los cuatro vientos que su cupido está de orgía en el paraíso porque Yo maté a mí mensajero. El de Bellavista siguió sin mediar palabra con La gravedad de la teoría que todos coreamos al unísono para finalizar saludando al respetable y dedicando La gata a todos aquellos que tienen el corazón de perro.

Y como Somos pájaros nos confesó que nunca el sur abandonamos, que a él le tira mucho su Sevilla con el «mercao» de la calle Feria y su carril bici por donde rebotan 40 millones de tetas, y ¡vaya! es que ya llegó La Primavera a nuestros corazones de golfos al ritmo de la armónica de Albertucho. Como buen hombre orquesta que es versionó a uno de los grandes, unas Lágrimas de plástico azul que le arrebató por unos segundos a Sabina para hacerlas totalmente suyas en estilo y alma.

Acto seguido con su Superhéroe de sillón dio sentido, no sé si a cada vuelta del planeta, pero seguro que a la noche de viernes de todo el allí presente. El Capitán Cobarde cada vez estaba más a gusto sobre el escenario, así que se dirigió hacia su teclado para hablarnos de luceros y confesar que no hay remedio para su ser en Lo venidero, en el que se permitió brindar con el micro por sus cobardes. Recobrando la guitarra para presentarnos uno de los nuevos temas de su próximo disco, le lanzaron un sujetador al escenario que dejó colgado en el pie del micro durante el resto de la actuación, y ya sí, era el momento de El jovencito Frankenstein.

Nos pidió que le ayudásemos a cantar Mi estrella y nos regaló Mi otro corazón, la primera canción que escribió y tocó sobre un escenario en Sevilla, allá por 2002 para luego bromear con que ahora prefiere una orden de alejamiento y no El pisito que finalizó con un «¡vivan mis cobardes buenos que le den por culo a los valientes!», y recomendarnos, en uno de esos temas nuevos en el que contó con la colaboración al violín de Raquel García, que siempre debemos buscar el decir te quiero porque El marinero que nunca dijo te quiero se arrepintió al final de sus días.

Y puestos a versionar se versionó a sí mismo, porque ya se ha aburrido de Muertecito estoy de ganas, aunque he de confesar que me gustaba más la versión original, siempre es un placer bailar sus letras. Otro tema de los nuevos más, dedicado a su tía Rita, que murió durante la guerra: Una flor. Después del momento melancólico, nos pasamos de lleno a la Alegría de tener para cuatro rondas y brindar con el Capitán Cobarde el primer día de primavera y hablarnos de la inocencia de Una niña.

Confesó que, a pesar de estar agustísimo, no iba a partirse la camisa porque se la había regalado ese mismo día su madre, allí presente, a la que hizo saludar antes de entonar La persiana y recordarnos que debemos dejar la luna entrar porque las persianas están hechas para las mañanas de resaca acompañado de un taconeo en el suelo que se sentía en todo el local.

Junto a Álvaro Vivar, su telonero, nos dedicó un No tener nada que daba paso a una dedicatoria a Machín, que según el Capitán Cobarde “era negro y sevillano”, así que ukelele en mano entonó ese Madrecita que habla del amor de madre, ese amor incondicional que todo lo sana.

Purita dinamita enlazada con un What a wonderful world de Louis Armstrong indicaban con un “thank you very much” que el concierto llegaba a su fin, pero el Capitán estaba en su tierra, no podía dejarnos así y dedicó a los que venían de Jerez ese Volví a la barra que daba paso a un tema nuevo: Lo que importa y lo que no.

Y aún le quedaba algo de saliva para regalarnos las últimas letras con Descuida y soplar niebla todos al mismo tiempo en Capitán Cobarde con la que, no podía ser de otra forma, se despidió. Un auténtico placer haber estado a sus órdenes como una cobarde más en su barco, oh Capitán, mi Capitán.

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