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Rubén Pozo. Madrid. 11-12-2015. Sala But.

Poradmin

Dic 23, 2015

Viernes tarde. Toca Rubén Pozo cerca de casa. Buen plan. Es en la sala But. Mal rollo. Suele sonar mal, y sonó regular: la cara de Rubén Pozo en varios momentos del concierto lo delató. Igual debería llamarse sala Butt. En cualquier caso, allá vamos ella y yo. Voy con ella porque si hay algo que nos une es el amor por todos esos grupos de pop-rock comercial de principios del dos mil que a nuestros amigos y amigas (hipster, rockeros, modernos, perroflautas) horrorizan (El Canto del Loco, Pereza…) y con los que nosotros cantamos a voz en grito. Pero, ay, iluso de mí, a ella Pereza ni fu ni fa. Le tiraban más Alejandro Sanz (a.k.a Alejandro Magno) y ECDL. “Conozco alguna, los singles” me dice. “Pues te vas a quedar con las ganas”, le respondo, “porque los singles y los fans se los quedó Leiva, a Rubén sólo le quedaron las canciones buenas”, y me quedé tan ancho.

¿Canciones buenas? Cuando Rubén saca a pasear las tres Emes (“Margot”, “Matar al Cartero”, “Madrid”), pues oye, poco que decir. Talento puro. Que sí, que Rubén cantará de aquella manera, pero tiene eso que Pablo Iglesias ahora reivindica: autenticidad. A Rubén te lo crees en cada letra. ¿Cómo sino va a poder cantar alguien “Rucu rucu” o decir “Ola k ase” en una letra y no salir apaleado? La naturalidad no se entrena frente al espejo. Mención aparte la interpretación de “Invierno” (pelos como escarpias), relato costumbrista de la violencia machista, coronado con unos párrafos que están a la altura de aquella joya narrativa de Topo, “El periódico”. Ambas canciones son capaces de retratar esa batidora de noticias que son los medios, en donde pasamos de un asesinato a una ola de frío sin tiempo para digerir nada. Fast news.

Momento cotilleo: Rubén ha fichado a un genio de la guitarra, Víctor L. Pescador, guitarrista de Sonograma (dios mío, vaya grupazo, corran y escúchenlos. Cuando lo peten acuérdense de mí, porque lo van a petar) y de Ángel Stanich. Menuda pegada tiene el chaval. Cada guitarrazo hacía retumbar la sala. El sólo en “Está lloviendo”, de otra liga. ¡Y encima hace buenos coros! El cotilleo es que Víctor, hace muchos años, escribía en un foro sobre Pereza, en el que yo también solía escribir. Él era un quinceañero, yo algo más talludito. Es bonito verle ahora tocar las canciones sobre las que entonces hablábamos.

Rubén invita a Johnny Burning a cantarse un tema. Ella y yo tenemos a Johnny detrás, sentado, esperando a salir. Nos parece un tipo cansado, panzudo, aburrido. Tiene unos ojos chiquitos, y poco pelo. Llega su canción, “Pelos de punta”. Se pone las gafas de sol y la chupa. Sale con una pandereta. Nos mira, nos encara, nos reta, nos anima. Se cae la sala. Le canta a Rubén en la oreja. Tres trucos y nos ha ganado. Ahora parece que tiene melena, una esbelta figura, y veinticinco años. El rock, elixir de juventud.

Tambien sale Isma Romero, rockero de nueva hornada, que no ha inventado nada pero que mola. O se mola. Que ya es. Melena rizada, le gritan “Calamaro”. Ella le grita “Chunguitos”. Porque vaya pelazo. Ni Camarón. Sale con una chupa de cuero roja. Hay que tenerlos como cocos para salir así. Pues los tiene. Se juntan Rubén, Víctor y él, compitiendo por la pose guitarrística y por ver quién es más barbilampiño, porque vaya bigotillos gastan los tres. Empate.

El repertorio fue correcto, un poquito del primer disco (bien recibido), un poquito del segundo (bien recibido también, a mí me pareció muy irregular) y algo de Pereza (terremoto). Hasta una de los Buenas Noches Rose se tocó Rubén, “Campanilla” (muy emocionante ver a una chica que apenas llegaba a los veinte cantarla. Ni dios en la sala nos la sabíamos).

Fin del concierto. Hay fiesta en casa. Nos juntamos unos cuantos modernos, algún progre, dos de Ciudadanos y una vasca. Cuando la fiesta está en lo alto (rulan los Jagger) me piden que saque la guitarra. Ese momento en el que tú te haces el remolón (“na, si toco muy mal”) pero por dentro ardes en deseos de dar el coñazo hasta las seis y marcarte el “Stairway to heaven” al revés. Al final coges la guitarra. ¿Y ahora qué toco? ¿Peticiones? Ni una de Deltonos, ni de Enemigos, ni de Standstill, ni de Egon Soda. El pueblo quiere Pereza, El Canto del Loco y Amaral. Y yo se lo dí. Con mucho gusto.

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