La noche del 19 de febrero en la Sala Custom tenía algo de estreno y algo de reencuentro. Primera parada sevillana de la nueva gira y una sensación compartida de que no se trataba solo de escuchar canciones, sino de volver a ese lugar común que Nacho Vegas ha sabido construir con los años. Afuera, febrero; dentro, expectación. A las 21:10, apenas unos minutos después de lo previsto, el murmullo se apagó y apareció él, con sus inseparables gafas oscuras y esa sobriedad que nunca necesita artificio.
“Alivio” abrió la noche como quien descorre una cortina. Desde el primer acorde quedó claro que los nuevos planes no implican renunciar a las estrategias que le han hecho imprescindible: letras afiladas, emoción contenida y una banda que entiende que cada matiz cuenta. “La plaza de la Soledá” y “Nuevos planes, idénticas estrategias” terminaron de marcar el territorio. El público escuchaba con atención casi religiosa, pero también con calor; había entrega sin estridencias, complicidad sin exageración.
El concierto, enmarcado en el ciclo Insólito y organizado por Green Cow Music, giraba en torno a Vidas Semipreciosas. Sin embargo, más que una presentación al uso, fue una conversación entre etapas. Las canciones nuevas dialogaban con las antiguas con naturalidad, como si todas formasen parte de un mismo relato que sigue creciendo sin perder coherencia. La organización acompañó con eficacia y discreción: buen sonido, tiempos ágiles, una puesta en escena limpia que dejaba todo el protagonismo a la música.
“Crujidos” y “Fíu” ampliaron el registro emocional. Con “El don de la ternura” y “Los asombros”, la sala ya estaba completamente dentro del concierto. Cada verso encontraba eco; cada silencio se respetaba. Hay algo profundamente humano en los directos de Vegas: no busca el aplauso fácil, sino la conexión sincera.
Uno de los momentos más celebrados llegó con “Deslenguarte”, donde el fragmento originalmente interpretado por el inclasificable Albert Pla fue asumido por el guitarrista de la banda. Lejos de la imitación, ofreció una versión con personalidad propia que despertó sonrisas y un aplauso espontáneo. Fue un instante ligero dentro de una noche intensa, un guiño que reforzó la complicidad con el público.
La emoción alcanzó uno de sus puntos más altos con “La gran broma final”, coreada con una fuerza serena que puso la piel de gallina. La canción dejó de pertenecer al escenario y se expandió por toda la sala. Fue, sin duda, una de las más aclamadas.
Después llegaron “Les ales”, delicada y luminosa, y un tramo más sombrío con “Morir o matar” y “Mi pequeña bestia”. “Tiempos de lobos” y “A ver la ballena” confirmaron esa tensión entre lo íntimo y lo político que atraviesa su trayectoria desde los tiempos de Manta Ray hasta su consolidación en solitario con Actos inexplicables. Una carrera construida sin atajos.
También hubo espacio para una sobria y elegante versión de “Bravo”, del compositor mexicano Luis Demetrio, que encajó con naturalidad en el tono general del concierto.
En el bis, “Ser árbol” y “Seis pardales” reforzaron la sensación de comunidad. Y como cierre, “La pena o la nada”, la canción que firmó junto a Enrique Bunbury en El tiempo de las cerezas, desató uno de los momentos más intensos de la noche. Coreada con fuerza y emoción, puso el broche perfecto antes de que las luces se encendieran, poco antes de las 23:00.
Nadie salió con prisa. Se veían abrazos, comentarios entusiasmados, esa satisfacción serena que deja un concierto bien hecho. Nacho Vegas presentó su nueva gira en Sevilla con nuevos planes, sí, pero fiel a las estrategias que le han traído hasta aquí: honestidad, profundidad y una manera única de hacer que cada canción se convierta en experiencia compartida. Y el público respondió como solo Sevilla sabe hacerlo: entregado.