Después de nueve años dando vueltas por Sevilla, el Monkey Week SON Estrella Galicia volvió a su casa, al sitio donde siempre fue feliz y del que, en realidad, nunca se fue del todo gracias al Monkey Weekend. Una de las citas urbanas más importantes para profesionales de la escena musical y sus aficionados, ya cansados de obstáculos y zancadillas, decidió romper con la capital hispalense y tomar la sabia decisión de regresar a sus orígenes, donde el tito Paco Loco los esperaba con los brazos abiertos y los morritos en posición “besal”.
Un año más, y durante tres días con poco descanso, nos juntamos por las calles de El Puerto de Santa María una enorme cantidad de público que, después de XVII ediciones, muchos ya son amigos y hasta hermanos monos. Así, con casi un centenar de conciertos, hemos podido disfrutar de diferentes estilos, propuestas, escenas y sorpresas. La música independiente de artistas emergentes y consagrados sonaba en rincones mágicos como el Castillo de San Marcos, la Casa Cossío o el Monasterio de la Victoria, donde, por supuesto, no podía faltar la mítica pista de coches de choque.
Después de una primera toma de contacto en la calle Misericordia, arrancamos la jornada inaugural del jueves en la Sala Milwaukee con una propuesta muy original de Musgö. La artista gaditana, mezclando estilos sin miedo, nos embrujó como Salma Hayek en Abierto Hasta el Amanecer, combinando sensualidad, arpa y voz.

De ahí pasamos a las bodegas del Castillo de San Marcos, donde los problemas de sonido quedaban compensados por la magia del sitio y la energía desbordante de las Sanguijuelas del Guadiana. La banda de la Siberia Extremeña era uno de los grupos más esperados de esta edición y no defraudaron con su desparpajo, actitud y una puesta en escena arrolladora. Cualquiera diría que llevan toda la vida dedicándose a esto.

La noche todavía estaba calentándose y seguimos saltando de escenario en escenario: el rock heavy y demoledor de los portugueses Madmess (nos quedamos con las ganas de escuchar “Our House”, jejeje), los chicos malos argentinos de Winona Riders, los ritmos tropicales del “Caribe andaluz” de Çantamarta o la energía electrizante de la sevillana Julia del Arco. Pero no quiero cerrar la crónica del jueves sin mencionar a Calequi y Las Panteras. Javier Calequi, Luisa Corral y Lauri Revuelta son sinónimo de fiesta sobre el escenario, con ritmos latinos, funky y unas ganas locas de hacer bailar a cualquiera que se acerque a escucharlos.
El viernes el ambiente en El Puerto de Santa María ya se notaba distinto. La magia del Monkey Week no es solo musical, también es gastronómica, y la jornada tiene que empezar sí o sí con una buena tostá de pringá con chicharrones en el Bar Vicente Los Pepes. Después, una copita de amontillado con panceta en Ultramarinos La Giralda, y para coger fuerzas, unas tortillitas de camarones y unos gambones a la plancha en el Bar de Rafa. El buen rollo, las charlas con los parroquianos y esas sorpresas musicales que saltan de improviso en los bares son de los mayores encantos de este festival callejero, y que ahora, de vuelta en su tierra, ha vuelto a recuperar.
Musicalmente arrancamos la jornada con vinos y quesos canarios en Casa Cossío, una casa palaciega que cuenta con un singular jardín, donde Alba Gil Aceytuno, Pleito, nos sorprendió experimentando con la sonoridad que desprende su saxofón, mezclado con nanas y tradición canaria como el “sibo gomero”.

Pero la sorpresa del día, y casi del festival, nos la dieron los franceses Moundrag que demostraron que sin guitarras eléctricas se puede hacer un hard rock psicodélico setentero de altísimo nivel.
Con la adrenalina por las nubes tras bailar al ritmo de los teclados Hammond, entramos en un universo completamente distinto con Dulzaro. Parece increíble como estilos tan diferentes nos puedan hacer vibrar de esta manera, pero es que la propuesta musical del vallisoletano Alberto Domínguez Buitrón nos sumergió y envolvió en la tradición cultural castellano-leonesa, recordándonos el gran Rodrigo Cuevas.
Pusimos rumbo de nuevo a Casa Cossío y, por el camino, nos topamos con un programa en directo de Radio 3 en el que estaban los sevillanos Vera Fauna. Con su “Sale el sol” consiguieron que entráramos en calor en una tarde de noviembre que estaba más fría que de costumbre… aunque Jaime Sobrino (bajista del grupo) hizo todo lo posible por dejarnos aún más “helaitos”.

Ya en los jardines del Caserío, el Capitán Fausto, con su mítico traje rojo, demostró con esa mezcla de originalidad, carisma y desparpajo, por qué son una banda clave dentro de la escena indie pop portuguesa.
Pusimos rumbo al Monasterio, donde en sus tres espectaculares escenarios nos esperaban bandas del nivel de La Paloma, Ku!, Cupido o Joe Crepúsculo.

Pero a esas alturas de la noche, quien escribe estas líneas solo tiene elogios para las dos bandas de chicas que arrasaron sin piedad… Aiko el Grupo y Repion. Me declaro fan incombustible de ambos proyectos, y es que su descarga adictiva de grunge y rock alternativo hizo saltar a todo el público, hasta el punto de hacer temblar la pista de coches de choque. La pureza y fuerza que tiene Teresa Iñesta, que encima hizo doblete con los dos grupos, y esa mezcla de emoción, energía y virtuosismo que desprenden en cada tema es simplemente brutal.
El sábado amaneció con ese cuerpo medio cansado, medio eufórico que solo te deja el Monkey Week, pero aun así el ambiente por las calles de El Puerto seguía más vivo que nunca. La ciudad entera parecía estar en modo Festival. Entre cafés, “calentitos” y alguna copita de fino acompañada con ajo caliente para recomponer el alma en la Bodega Obregón, fuimos calentando motores antes de lanzarnos de nuevo a los escenarios.
El mítico Concurso de Bandas de Radio 3 nos llevó temprano a la plaza Alfonso X el Sabio, donde ya desde primera hora aparecían festivaleros comentando los conciertos del día anterior como si hubieran sido grandes gestas históricas. Presentado nuevamente por Gustavo Iglesias y el incombustible Nacho Álvaro “El Patillas”, distintas bandas del festival defendieron un tema para intentar alzarse con el deseado trofeo de la batalla… ¡la botella de Anís del Mono! Es una oportunidad perfecta para descubrir alguna banda que te perdiste los días anteriores o para decidir si quieres verlas el sábado. Así fueron desfilando por el escenario Salvana, Bernarda, Erin Memento, Idoipe, Los Chivatos, Jardín y Memocracia, aunque el codiciado trofeo, con cierto tufillo a tongazo, terminó en manos de Ortiga.
Después tocó volver a saltar por Casa Cossío, el Teatro Pedro Muñoz Seca, Padreo o la Sala Milwaukee en busca de esas propuestas que te hacen recordar por qué este festival es tan especial, con su capacidad de mezclar estilos, generaciones y rarezas sonoras sin que casi nada chirríe. Bueno… casi nada, porque sin dar nombres, reconozcamos que algunos chirrían bien alto. La tarde del sábado nos regaló propuestas tan dispares como el compositor y actor argentino Maximiliano Calvo, el dúo irreverente formado por batería y bajo de Rata, la banda valenciana de rock Ku! o el delicioso punk de la movida madrileña que reivindican Dear Johane. Pero también hubo grandes sorpresas, como los sevillanos Juventude, que demostraron que tienen tablas, experiencia y un largo recorrido por delante, el grupo madrileño Por Las Noches, que con un frontman como Edu se come el escenario con sus letras ácidas, divertidas y bailongas (nos dejaron con la intriga de dónde tenían su “flor”), o los raperos locales Space Surimi, que creatividad y verborrea que no dejan a nadie indiferente.

Cuando cayó la noche, y después de pasar por el Bar Gonzalo para calentarnos con un delicioso marmitako de atún, pusimos nuevamente rumbo al Monasterio de la Victoria. Allí, una vez más, el lugar se transformó en ese templo musical donde lo mismo bailas un temazo de rock que te quedas hipnotizado con un proyecto electrónico o experimental. Sin ninguna duda, la propuesta de la banda canadiense liderada por Dan Bejar, Destroyer, creó una atmósfera que recordaba a esas grandes bandas del estilo de Bob Dylan o Bryan Ferry.
Sonido limpio, poesía pura y musicalidad en estado total. Si hubiera que ponerle un “pero” al canadiense, sería que alguien debería comentarle que el pie del micrófono se puede alargar, por si acaso. También pasaron por el escenario del claustro los portugueses 800 Gondomar, con un grunge garajero y cañero que evocaba esos sonidos sucios y potentes de los 80, provocando los “pogos” más salvajes de todo el festival.
Y así, después de los temas de Sylvie’s Head y de Sistema de Entretenimiento, terminó un año más un Monkey Week para el recuerdo. Un festival que, tras volver a su casa, ha recuperado esa esencia callejera, cercana y un poco salvaje que tanto lo caracteriza. Tres días en los que El Puerto de Santa María se convierte en un enorme escenario vivo, donde la música te sorprende en cada esquina, donde los bares son templos, los parroquianos críticos expertos y los desconocidos se vuelven compañeros de batallas y bailes. Este Monkey ha demostrado, una vez más, que no va solo de conciertos: va de comunidad, de descubrir joyitas nuevas, de reencontrarte con bandas que te remueven por dentro, de tostadas y amontillados, de carreras entre escenarios, de pogos inesperados, de tertulias improvisadas y risas que se quedan resonando mucho después de que se apaguen los amplis. No podemos acabar esta crónica sin agradecer un año más el esfuerzo de los organizadores del festival, la paciencia y amabilidad de los ciudadanos del Puerto de Santamaría y la actitud del público que un año más ha sabido comportarse. Ya contamos las horas para la próxima edición. Porque si algo tenemos claro es que, mientras siga sonando la música, seguiremos volviendo como buenos monos fieles a esta jungla que tanto queremos. ¡LARGA VIDA A LA SEMANA DEL MONO!