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La orquesta Mondragón – Muñeca hinchable

Poradmin

Ago 14, 2010
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Cuando lo “freak” no estaba de moda, cuando a lo grotesco se lo llamaba “feo” y cuando  Gurruchaga aún no era una estrella “La orquesta mondragón” debutó con un disco en el que lo raro y lo estrambótico se fusionaban con canciones glamurosas y emocionantes. Damas y caballeros, niños y niñas, monstruos y monstruas, con ustedes:

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Si os pido que penséis en un grupo llamado “La orquesta mondragón” seguramente os vendrán a la cabeza ese estrambótico actor-músico-showman que responde al nombre de Javier Gurrichaga y una retaíla de canciones de humor facilón y melodía pegadiza que se hicieron tan famosas a lo largo de los 80. En efecto, despuntaron, al menos comercialmente, con éxitos como aquellos “Ellos las prefieren gordas”, “El huevo de colón” o “Caperucita feroz”. Sin embargo, el inicio de aquel grupo fue muy distinto, y es que su álbum de debut “Muñeca hinchable” es una pequeña joya desconocida de hace más de 30 años.

 

 

El disco se presenta como un espectáculo de circo, o algo parecido, donde Gurruchaga hace de presentador, anfritión y estrella absoluta además de cantante, en la que casi cada canción va precedida por una introducción muy freak del enorme showman. Y es que lo primero que sorprende, conociendo el historial de la banda, es que ese sentido del chiste fácil que les hicieron famosos aquí todavía no existía.

 

 

 El álbum es un manual de humor inteligente, divertido y audaz, un fantástico universo poblado de mostruosas criaturas y alucinaciones perversas, en el que las niñas “fuman porros de fresa y limón”, donde “no hay nada mejor que amores mercenarios” y “la mujer barbuda nos sirve de puta”, donde un niño japonés recita un poema dedicado al sol en un acelerado euskera y donde se nos pide que nos pongamos peluca o directamente que matemos.

 

 

Aquí no buscan la risa simplona y que pueda gustar a todo el mundo sino que presentan letras libres y divertidas y diciendo lo que les viene en gana, seguramente porque les gusta más y probablemente porque ni se planteaban eso de tener éxito. Odas a la calvicie, a las casas de citas, al autoedonismo de plástico, al hombre que reparte “caramelos” en la puerta del colegio e incluso “una canción de amor llena de ternura y de ternera” poblan este viaje junto a monstruos peludos, fakires de China, bestias y fantasmas y maravillosas cabezas parlantes.

 

 

Y lo segundo que sorprende, y quizá sea aún más desconcertante, es que las melodías, los arreglos y todo el aspecto musical sea tan rico e interesante. Los músicos no son extraordinarios, no son unos virtuosos, no hacen solos de esos históricos ni te van a dejar de piedra con su manejo instrumental pero, conscientes de sus virtudes y de sus limitaciones, hacen gala de un repertorio amplio y diverso y sobre todo divertido, probablemente ayudados por la producción de ese otro freak de los 80 que se llama Julián Ruiz.

 

 

Nos encontramos canciones con algo entre el swing, el rock'n'roll clásico y el jazz, melodías de toda la vida con glamour y ritmo cantadas por una voz entre estrambótica y rasgada. El clarinete juguetón de “Pasen y vean”, el piano encendido de “Ponte peluca” o “Por favor, pon un muerto en tu motor”, la elegancia de “El hombre de los caramelos” y “Tres marías”, el misterio de “El hotel azul”, mi preferida, o esa especie de foxtrot de “Porros de fresa y limón” con un sonido de vinilo completan un álbum disfrutable de principio a fin.

 

 

Porque creo que ésa es la palabra: es un disco que se disfruta, unas canciones sin complejos, divertidas, absurdas, bien hechas, inteligentes y muy ingeniosas, nada que ver con en lo que se convirtieron después sus autores. Una recomendable escucha que, a su manera, ayudó a crear ese movimiento tan cañí del que hace 3 décadas surgieron cosas como Alaska, los electroduendes y la bola de cristal. Programa en el que, por cierto, Gurruchaga tendría un papel más que destacado. Merece la pena darle una oportunidad.

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