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La mística chatarrera de Miguel Campello arrasa en Sevilla

Poradmin

Oct 27, 2015
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Desde su planta en el escenario, ataviado con tirantas, sudadera y chaqueta, hasta sus quejíos acompañados del bombeo continuo de su tambor de guerra, el mestizaje de Miguel Campello se convirtió en la excusa perfecta para hablar de una noche única en el Monasterio de la Cartuja. Más calmado de a lo que nos tiene acostumbrados, la parte que sacrificó de espectáculo la devolvió en sentimiento, en un concierto especialmente pensado para los fans de larga trayectoria del de Elche.

Una incendiaria versión de Danza del fuego, con flauta y trompeta abriéndose paso entre el machacante ritmo de batería, bajo y guitarra antes de que el cantante saltara al escenario reventando su voz, fue la encargada de abrir la noche. Empezando por el asombro y el disfrute, desde el público recordó a los grandes del rock andaluz, a los que Campello tiene en su panteón personal.

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Un corto recorrido por su último disco Camina y un recuerdo a sus inicios en solitario, con, entre otras, la más calmada Entrada y Salida y sendas versiones igualmente abrasivas de Como Pa Olvidarnos y Calavera fueron las encargadas de seguir subiendo las revoluciones del público, preparándolo para el primer momentazo de la noche: Parque Triana, que sonó a más nostalgia si cabe.

Instando a todo el público a comprarse un tambor como solución a todo, el cantante seguía repasando su historia reciente con canciones como No te lo mereces o Llámame mañana. Con el vino siempre presente y haciendo gala de esa elegancia tan sucia que lo caracteriza, Campello se sentaba a la caja para reventar en Letras, cuyos quejíos retumbaron mucho más allá del patio del Monasterio.

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Campello se calentaba, perdía la cuenta del cigarro que se encendía, se quitaba la chaqueta, pedía palmas, se abrazaba al ritmo del tambor, seguía desfilando clásicos como De los malos, se desquitaba del subidón con su particular visión de la Expo y volvía a levantar al público con Un camino para andar. Ya en el ecuador del concierto y tras las melodías únicas de Aire, el cantante cogía la guitarra y se quedaba solo en el escenario para regalar versiones únicas de De esconderse y Contigo.

Con la banda de vuelta en el escenario y poniendo de relieve la calidad de unos músicos de excepción llegaba otro de los momentazos de la noche con No llora mi pez. La conexión del cantante con el público, contando historias como el que se sienta a tomar un café con un amigo, se hacía notar hasta el punto que el artista se obligaba a callarse para seguir pidiendo “liarla otra vez” en canciones como Alto, salto.

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A medida que iba encarando el final del concierto el recuerdo de Elbicho se iba haciendo cada vez más evidente. De rodillas, Los rokipankis o Mamá Dolores, entre otras, sonaron al final de la noche con un Miguel Campello incansable y un público entregado que dejaba claro sus pocas ganas de volver a casa. Volviendo a su último disco, De mi voz ponía la guinda a la noche, con la que el de Elche terminaba de demostrar la parte de sensibilidad que le toca, con la que pone los pelos de punta cuando ya ha dado toda la guerra que tenía por dar. Ese es el verdadero mestizaje de Miguel Campello, el que arrasa bailando y a la vez el que canta suave la melodía gritada, pero siempre el que de una u otra forma te revienta por dentro hasta hacerte sentir todo lo que tienes dentro.

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