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Cuando Pedro llegó

Poradmin

Oct 19, 2015
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Las musas brindaron canciones cuando Pedro llegó.


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Y Pedro Guerra llegó a Sevilla. A cuestas con su inseparable guitarra, compañera de canciones, aterrizó en la Sala el pasado viernes. Para entonces, una numerosa fila de personas esperaba la apertura de puertas del local. Las entradas estaban agotadas desde hace semanas. Lo mismo había ocurrido el día anterior. Durante dos noches, el viaje del cantautor canario hacía parada en la capital hispalense.

“¿Cómo iba yo a saber que la hidalguía era el pijama a rayas del talego y la ambición un perro policía?” Así comenzaba el concierto. Eran los versos del primer estribillo del canario. Pero ocurre algo extraño. El pijama a rayas, el perro policía…son imágenes poéticas más habituales en…Sabina. Tras el aplauso de una Sala con el once de gala, repleta, Pedro Guerra saludaría a su público y presentaría lo que nos esperaba. “Estos conciertos acústicos, solito con la guitarra, los hemos llamado de pretemporada, por llamarlos de alguna manera. Grabamos mi último disco, 30 años, y lo presentamos en una gira…pero claro, ya no son 30 años, ya son 32. Ahora estoy acabando de dar forma a dos proyectos que saldrán, espero, en marzo. El primero de ellos se trata de un disco con mis nuevas canciones, que llamaré Arde Estocolmo. En el segundo…musiqué los sonetos que publicó Joaquín Sabina en su libro de sonetos Ciento volando de catorce, y se llamará Catorce de ciento volando, catorce. Entonces, en estos conciertos, de pretemporada, hago un poco de las tres cosas. Hay canciones de toda la vida y adelantos de las canciones que están por venir. Esta primera canción, “Sin puntos ni comas”, es un soneto de Sabina.”

A este estreno le siguió otro, la canción que dará título a su próximo álbum, Arde Estocolmo. “Yo tenía otra idea de Suecia, de Dinamarca, de los países del norte, las democracias perfectas, el paradigma de estado del bienestar. Pero leí en el periódico una noticia sobre las revueltas y disturbios. Volaban piedras, ardían los contenedores. Esa noticia me sirvió para darme cuenta de lo que descubres cuando levantas la alfombra o mueves un sofá. Te puedes encontrar una pelusa… o hasta un cacho de pizza. Algo parecido nos pasó también aquí, en España.”

Ofrenda, canción con el mismo título que el disco que publicó en 2001, todo un canto al mestizaje, es la siguiente canción que suena en la Sala. Y tras esta, El Viaje, una bonita canción con una bonita historia. “Hubo un tiempo en que me dio por Fellini. Me pasaba el día viendo sus películas, leyendo entrevistas, buscando noticias…Entonces leí algo que me impactó bastante. En las entrevistas, o la gente cuando te ve… claro, pasa en todos los ámbitos, a mí también me ha ocurrido, estás presentando un disco y ya te preguntan por el siguiente. Algo parecido le pasó a Fellini, a quien en una entrevista le preguntaron por la siguiente película que rodaría, y contestó que se llamaría El Viaje de Mastorna, estaba basada en un libro y Fellini había quedado fascinado por el argumento. Fellini escribió el argumento para la película…pero nunca la rodó. Y se habló durante años sobre una película que nunca existió, que nunca llegó a ser. Y de algo así, hice una canción y la llamé El Viaje”, narraba el cantautor con su marcado acento canario.

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El repertorio continuó con la romántica Lazos, de su disco Tan cerca de mí (1997), y con el homenaje a las víctimas del franquismo, con la que “intenté contribuir en esta cuestión de la memoria histórica. Algunos dicen que olvidarlo todo es dejar cerrar las heridas. Pienso todo lo contrario. Yo creo que eso es dejarlas abiertas para siempre. Las familias de las víctimas, sus hermanos, sus hijos, nietos… tienen derecho a saber qué fue de sus seres queridos, qué fueron de sus huesos… tener un lugar en el que rendirles homenaje”. Es el tema tratado en su conmovedora Huesos, con la que la noche se iría encaminando a una de las cumbres más emocionantes, pues a Huesos le sucedió Daniela, cuya primera frase de guitarra hizo encender el rumor de toda la Sala, que coreó de principio a fin toda la canción.

Han pasado muchísimos años desde que un joven Pedro llegó a un Madrid extraño, inexplorado. En una época difícil para los solitarios cantautores que vagaban de bareto en bareto, buscando, entre los vasos, el humo y las copas, alguien a quien llevarle sus versos, el artista canario encontró una casa en el Libertad 8, un pequeño bar madrileño, cuna y hogar de grandes cancionistas de este país. De ello trata Pasa, muy celebrada también por el público de la Sala.

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Han pasado tantos años desde entonces… los rizos de su melena son más cortos, se han tornado del color ceniza de la plata la mayoría de ellos… pero hay cosas que no han cambiado. Pedro Guerra sigue manteniendo esa bendita inocencia sobre las tablas, con una mayor y muy trabajada experiencia y saber hacer, obviamente, pero inocencia. Inocencia en el corazón. Inocencia en su mirada. Sus emocionados ojos brillantes mientras canta, su sonrisa de niño satisfecho tras el aplauso de cada canción… la capacidad de sorpresa, de admiración. Todo ello sigue intacto, puro, inalterable a pesar del paso del tiempo.

Pedro Guerra es poesía, todo lo que le rodea lo es. Sólo hay que escucharlo hablar entre canción y canción…aparecen nombres como el ya nombrado Sabina, Luis García Montero o Ángel González. De este último es la letra de Donde pongo la vida, pongo el fuego. Suenan de la guitarra de Pedro más estrenos, la sabinera Sirva de precedente y la adaptación del poema de Rimbaud, Le dormeur du Val, la anti bélica El durmiente del valle.

Dragones verdes, La risa, Raíz, La perla, Contra el poder y Contamíname, con la que Pedro Guerra haría el primer amago de abandonar el escenario. Sin bajarse siquiera del mismo, ante la aclamación del público nos deleita con Mar de Mármara, mar que encierra tres veces el mar, yla ansiada Deseo, que puso la piel de gallina a todos.

Esta vez sí. De nuevo ovación. Pedro desenchufa su guitarra…esta vez sí…pero no. Habría más bises. Insomnio y, cantada íntegramente por toda la Sala, la preciosa El marido de la peluquera. Con la últimanota de la guitarra, el emocionado público sevillano rompía de nuevo en una ovación que duraba minutos…tanto es así que, totalmente fuera de programa, Pedro Guerra decide regalarnos como agradecimiento unos minutos más de su magia. Lo haría cantando aquellos versos de Ángel González, del poema Canción de invierno y de veranocuando es invierno en el mar del norte, es verano en Valparaíso…

Y…

Cuando Pedro llegó a Sevilla, las musas brindaron canciones.

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Fotografías · Antonio Andrés Arispón Paco

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