Maeso y Twanguero. Dos bestias salvajes y el baile de riffs

Escrito por Antonio M. Arispón
Categoría: Crónicas de conciertos Creado: Domingo, 21 Agosto 2016 19:02
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En la noche del viernes, el veraniego POP CAAC presentaba un cartel doble en el monasterio de la Cartuja: el guitarrista Diego García “el Twanguero” y el todoterreno Julián Maeso. Se suponía una potente noche de alta intensidad y virtuosismo a raudales con dos de los mejores músicos de rock del panorama nacional. No sólo cumplieron las expectativas, sino que las superaron y dejaron boquiabierto a todos los presentes.

En primer lugar, fue el Twanguero, en su primera visita en solitario a la capital hispalense, el que puso a bailar al público sevillano con el rockabilly y surfero mambo de su último disco, Pachuco. Habitual acompañante a lo largo de su extensa carrera de genios como Andrés Calamaro, Diego el Cigala o Enrique Bunbury; considerado uno de los mejores guitarristas del mundo, un guitarrista universal y viajero, un auténtico virtuoso y dominador del blues, del rock, del country, capaz de sumergirse en el folklore argentino, en el flamenco o en el mestizaje de la música americana con la tradición musical de los inmigrantes mexicanos, los pachucos, imprimiendo en todos estos estilos su seña de identidad, el sonido twang.

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Ayer, el guitarrista valenciano se presentó en cuarteto, acompañado por bajo, batería y trompeta/ bongos. Entre las canciones de Pachuco, donde los ritmos caribeños, el surf y el rockabilly se fundían y aparecían algunas versiones de Pérez Prados (con el sabor de las notas del trompetista Frank Santiuste), se “colaron” “Guitarra dímelo tú” de Atahualpa Yupanki, incluida en su disco Argentina Songbook interpretada por Enrique Bunbury; y una inflamable versión de “Hound Dog”, en la que el Twanguero hizo la virguería de modificar la afinación de su guitarra justo antes de dar el acorde final, sorprendiendo a todos, incrédulos de ver lo fácil que parecían las barbaridades, en el buen sentido de la palabra, claro, que estaban ocurriendo en ese escenario. Baile, desenfreno y una guitarra de rock arrojándote hacia un abismo de ritmos latinos bailables y elegantes.

Hubo lugar para un momento más íntimo, con el Twanguero solo en el escenario con su Martin acústica, resistiendo ante los problemas para que esta sonara amplificada, tocando “Minor Rag” y “Spanish Rag”.

El bis, también acústico, fue “Carreteras Secundarias”, un anticipo de lo que vendrá.

Tras un breve tiempo de espera, para retocar la batería para el nuevo baterista y poco más, subían al escenario Julián Maeso y su banda: batería, bajo, guitarra y dos coristas, además del toledano. Uno de los mejores músicos de España, bravo e indomable tanto en teclados como en la guitarra. Rock setentero, repleto de riffs, con aires a Black Crowes pero bebiendo además de fuentes del soul y del funk.

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Sonaron canciones de sus dos discos en solitario, One Way Ticket to Saturn y Dreams Are Gone, con alguna versión, como una espectacular revisión de “What a Wonderful World” con Maeso únicamente en el órgano. Especialmente mágicos fueron los momentos en que Maeso agarró su guitarra acústica y al borde del escenario, buscaba el silencio cantando sin micrófono alguno.

El sonido (dentro del escenario), desesperantemente rebelde durante todo el concierto, puso en dificultades a Maeso y los suyos, que no obstante, salvaron la situación con maestría y contundencia. Un salto mortal sobre la cuerda floja, sin red, y cayendo de pie, sano y salvo. Una peripecia sólo a la altura de los mejores.

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La noche de doble concierto se cerró con sorpresa. Julián Maeso subía de nuevo al escenario paraofrecer un bis de despedida y, de repente, asombrando incluso a éste, aparecía el Twanguero. Improvisaron un blues en el momento más sobresaliente de la noche, con dos de los mejores músicos de este país honrando a Robert Johnson con diabluras en sus guitarras.

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Julián Maeso y el Twanguero, dos músicos universales de escuela rockera, dos bestias salvajes que ayer soltaron todo su baile de riffs en el CAAC, trayendo Woodstock a la orilla del Guadalquivir.

Fotografías Antonio Andrés

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