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Andrés, Andrés, Andrés, Andrés

Quizás para cada cual hay un Andrés Calamaro y eso significa que hay muchos y en realidad todos convergen en uno que, como la vida misma,  ha sido y es evolutivo tanto como para que para los que asistimos a un concierto suyo nos suponga una especie de viaje en el tiempo, que, en mi caso, tiene como punto de partida en un cassette grabado de Los Rodríguez y que en la veraniega noche de Chiclana dentro de la programación del Concert Music Festival supondría un nuevo capítulo dentro del reencuentro con el directo del artista argentino.

En un recinto muy acogedor y bien preparado en cuanto al aspecto de gran escenario y buen sonido, lo cual no es asunto nada baladí en lo respecto a disfrutar de un buen concierto de rock aunque con el debate de si la mejor opción para el mismo suponía tener la pista llena de sillas con la intención de que fuera un recital sentado.

Porque hablamos de rock, de rock con banda, de esa magia profesionalizada que supone tener a varios músicos, cada cual especialista en su instrumento a favor de la canción y del maestro, Calamaro por apellido, que pasados unos minutos de las 22:30 aparecieron en el escenario iniciando el repertorio con un Bohemio interpretado sentado precisamente en una de esas sillas mencionadas.  La voz se escuchaba sin ninguna pega y la banda compuesta por German Wiedemer (teclados), Mariano Domínguez (bajo), Julián Kanevsky (guitarras) y Martin Bruhn (batería) estaba perfectamente engrasada si bien «Cuando no estás» y «verdades afiladas» resultaron algo frías.

¡Cádiz mágico! interpeló el maestro y la magia llegó a nuestro encuentro con Crímenes Perfectos mientras Calamaro se acercaba a su teclado para mostrarnos su icónica estampa con la que muchos lo conocimos. Y desde aquí el concierto fue a más, a mucho más. Me arde abrochada con Dead Flowers de los Rolling Stones, seguida de la joya pausada de Media Verónica o la sorpresa final en los Aviones con de cualquier maya sale un ratón de Cheo Feliciano.

El público quería entrega y entregarse y con Maradona la fiesta llegó para levantarnos de los asientos teniendo continuidad en grandes éxitos (en realidad todos lo son) como Estadio Azteca, el cover de The beatles con Nowhere man previo a Hong Kong, su última aportación a la memoria musical colectiva.

Personalmente Todavía una canción me pareció sublime con Andrés a la guitarra regalándonos a los más nostálgicos temas como A los ojos o Canal 69 (rematada con no obstante lo cual de Ruff, el grupo de Pappo).

El concierto llegaba a su final, un final donde emociones y música se unían en Flaca o Paloma donde precisamente Calamaro buscó esa complicidad con el público en la que es su más memorable himno popular. Para los bises dejaron Sin documentos cuyo efecto explosivo no lo fue tanto para que, sin embargo, Los Chicos sí supusieran un sobresaliente cierre.

Andrés, Andrés, Andrés, Andrés, así coreábamos al cantante, al Salmón con capote en mano que se despidió entre olés en una noche en la que se ajustó al guión de un repertorio escogido y celebrado sin grandilocuencia ni palabras más allá de los versos de sus composiciones.

 

 

 

 

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